Pues, desde luego, no elija marcharse a una academia de flamenco en Japón. Yo le diría que ni siquiera se plantease hacerlo en Galicia. Si de verdad quiere hacer del flamenco su pasión, vaya donde el sol más calienta estos días, a dedicarse en cuerpo y alma al taconeo y los lunares.
En corto espacio de tiempo le he oído dos veces decir a un amigo que “la cultura es a día de hoy accesible para todo el mundo”. Si bien ésa podría ser la visión general, sirva como ejemplo que hasta hace escasos meses, al pueblo de mis padres no llegaba el ADSL. El medio rural español adolece históricamente de una serie de lastres que nacen de la falta de infraestructuras (transportes y telecomunicaciones), la dependencia y el centralismo exacerbante. Y son precisamente este tipo de elementos los que introducen un sesgo imperceptible por según quiénes, pero asfixiante para aquellos que lo sufren en primera persona.
Desde luego, por más que algunos se empeñen hasta la saciedad en promulgar la igualdad incluso con la creación ad hoc de un ministerio, lo cierto es que estamos lejos de esa teórica equidad. Pero, ¡qué leñe! yo lo que quiero es libertad. Libertad para llevar, cuando me plazca, los mismos pantalones que un americano y comer la misma BigMac que un alemán, y para cuando no, comer un hornazo salmantino y ponerme una elegante capa charra.
No obstante, incluso si la cultura (que es muuuucho más que toda la información de Internet junta: para mí degustar un menú de Ferrán Adriá también lo es) fuera igualmente accesible, no sería condición necesaria y suficiente para que todos fuéramos cultos. Seguramente haya muchas más academias de flamenco en Tokio que en un pueblecito de la Serranía de Ronda. Pero, pese a esta accesibilidad ustedes, a buen seguro, aprenderían de una forma más integral el baile y el cante en compañía de los rondeños.
En el plano editorial podemos decir, sin lugar a duda, que España es uno de los países donde más libros se publican anualmente… al tiempo que es uno de los países donde menos se lee.
¡Eso es! la cultura no es cultura per se, no es un fin en sí misma, sino que es el ser humano quien de alguna forma la dignifica, la hace útil por medio de su asimilación contextualizada y más importante aún, de su proyección: he conocido a gente atrapada por el estudio, con más de un título en sus expedientes, y en proceso de obtención de otro más, pero sin idea de prestar un servicio a la sociedad (que tanto ha apostado por nosotros)…
Y es que ya lo decía Santo Tomás de Aquino de manera sucinta y certera:
“Contemplata aliis tradere”
“Contemplar y dar a los demás lo contemplado”